jueves, 22 de diciembre de 2011

Rosa, la iconoclasta…


Hace algún tiempo, un servidor escribía con asiduidad en “la prensa de la Axarquía”. Un compañero de páginas me acusaba entonces de “iconoclasta” y me dirigía directamente al diccionario para comprobar si me estaba insultando o me echaba un piropo.
Por aquellos tiempos, frecuentaba la pequeña pantalla un anuncio de una campaña institucional contra el maltrato machista en el que se observaba a una mujer que está siendo maltratada por su marido, mientras, impasibles, contemplaban la función varios ejemplos representativos de los que -en teoría- deberían velar por la pobre señora: juez, policía y profesional sanitario. El sistema le daba la espalda y todos nos sentíamos un poquito culpables. 
En aquellos momentos coincidía con Rosa. Rosa, la iconoclasta...

Rosa es actriz en su propia función.  Cada noche acude al teatro de la vida para representar su papel como protagonista. 
En este capítulo, el final se alarga y cuando abre los ojos se encuentra en una UVI, quince días después de que un cliente capullo, cualquiera sabe por qué, decidiera que el desenlace se tiñera de rojo, rojo sangre.  Rosa es una yonqui, putilla de carretera a la que apodamos “la letrada” por los tatuajes que adornaban su cuerpo escueto.  Encima del monte de Venus se mandó colocar un cartelito donde pone “solo para campeone”, sin “s”, pero con “ese” estilo de imprenta carcelaria.

Después del atropello, Rosa se quedó allí tirada, más húmeda de lo habitual, pero con otro olor… y pronto, comienza la función con cada actor en su sitio: policía, servicios de emergencias, hospital, comunicación al juez de guardia, horas de quirófano y bricolaje en fémur, peroné, húmero, pelvis y costillas.
Quince días de oscuro letargo, que a buen seguro, habrán sido los más tranquilos de su puta vida, le devuelven al timón  del territorio que ha escapado a vendas y apósitos.  
Como un conejillo acorralado y observado en su jaula, se convierte en espectadora de los que la tienen a ella por protagonista de la obra. De no haber sido así, como era, ella hubiera gritado: “Mírame, #Diferencia_T

Pero la función llega a su fin, los actores secundarios tienen otros papeles que interpretar. Y la actriz principal se despide, camino a las bambalinas junto a “er chino” que hará de tramoyista bajando el telón.  
Los presentes aplaudirán por lo bien que ha funcionado todo y lo seguros que podemos sentirnos.  Los únicos aplausos que oirá Rosa serán sus propias palmadas sobre su antebrazo buscando una vena para un próximo chute que la lleve junto a otras estrellas volviendo a sumergirse en la cara oscura del anuncio de televisión.

¿Cómo no ser iconoclasta, compañero?

 es una iniciativa que promueve la humanización de la atención sanitaria. 
Toda la información en: http://diferenciate.org/

José Manuel Velasco

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