miércoles, 15 de febrero de 2012

Profesionales y chapuceros.


Esto de contar con un lugar para desahogarse de vez en cuando tiene su punto. Es como un rinconcito de espacio interno, compartido, meditado y arriesgado en ocasiones.  Aunque tampoco se moja uno como para que cale.
Con el beneplácito de su interés y con algunas sutilezas vehementes como arma, desde este mirador, puede uno apuntar como un francotirador dependiendo del humor con que lo pillan a uno las esencias ibéricas y los acontecimientos más cercanos. Unas veces te cabreas como una mona, y otras te sale la sonrisilla cómplice. Y es esa antítesis permanente la que me hace darme cuenta, que hacia un lado o hacia el otro, hay bastantes repasos por dar en esta humilde sección.
El contraste entre lo que nos hace sentir bien y lo que nos invita a salir de nuestras casillas es también lo que separa a los profesionales de los chapuceros; a los comprometidos de los interesados; a los que disfrutan con su vida, con su trabajo, con sus placeres, de los imbéciles cumplidores de sus deberes cual verdugos haciendo peonadas. Profesionales y chapuceros. 
Lamentablemente, con demasiada frecuencia se les suele encontrar en lugares equivocados, distintos al que les correspondería. Afortunadamente los años nos van haciendo más selectivos, nos ayudan a reconocer el valor de lo sencillo y a sencillamente reconocer a los gilipollas.

Francisco Leal, ponía en la chapita que lucía en su pecho cuando se acercó y me preguntó, ¿ha terminado usted? Cuando levanté la cabeza y me quité los auriculares, observé que ese hombre de casi sesenta, que a las dos de la madrugada recogía en Barajas los restos que nuestra desesperada espera generaba, se refería a mí y al vasito de plástico del café perruno de máquina que –vacío- había dejado en el asiento de al lado. Con aspecto amable y como si se tratara del mejor maître, del mejor restaurante francés, lo echó a su carrito de la basura, para con gestos suaves, despedirse amablemente, seguir durante toda la noche y ganarse los merecidos treinta mil duros a final de mes.
Don Armando García, ponía en la del capullo, engominao uniformado que, detrás de un mostrador y una ventanilla respondió malhumorado a un abuelillo que, casi a las tres de la mañana y después de cinco horas de retraso anunciado a intervalos de diez minutos, preguntó si todavía deberíamos esperar mucho más.

Profesional Don Francisco y chapucero Armandito. Algún día habría que ponerlos a cada uno en su sitio aunque desde esta atalaya particular ya ocupen el correcto.

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