viernes, 24 de junio de 2011

ENCANTADO DE CONOCERLE

Creo que no me resulta muy difícil escuchar, e incluso admitir ciertas cosas con las que estoy en total desacuerdo, cuando se expresan de una forma razonable. Llevo peor la prepotencia. Me agobian especialmente los chulos que se montan en su pedestal artificial, se instalan ahí arriba y no se bajan ni para cumplir con Roca.

Que uno sea tonto y decida salir del armario me parece muy bien pero que trate de hacerse el listo y de dejar al resto como inútiles me da cien patadas. Imagino que habrá algún componente genético que predisponga a adoptar ese tipo de conducta y basta con un pequeño empujoncito circunstancial de los que la vida aporta para configurar a lo que podríamos llamar "perfecto mamón".

Los que adquieren tan preciada consideración suelen ejercer de forma constante, o al menos en determinadas parcelas donde sienten tener poder. Peor aún, es cuando fuera de esos ámbitos siguen con su rol.

No hace mucho tiempo que en este mismo espacio escribía sobre lo poco o lo mal que protestamos, lo frecuentemente que agachamos la cabeza convirtiéndonos en dóciles borreguitos y asumiendo lo que nos presenten sin estar convencidos. Después, suele pasarse mal y es entonces cuando nos protestamos a nosotros mismos por habernos callado anteriormente ante el gallito que acaba de cacarear.

Hay épocas en que uno tiene la desdicha de toparse con especimenes tocados por la mano celestial de forma más frecuente de lo habitual. El otro día conocí a uno. Quedamos por un asunto que no viene al cuento, y nada más verlo me dio el tufillo. Repeinao, camisa de cuello durito, vaqueros con raya ... y lo más característico; aire de superioridad en el lenguaje verborreico y despectivo que usan. Antes de despedirnos me pasó una tarjeta en la que se veía bien clarito debajo de su nombre la palabra Director.

Definitivamente, yo me equivocaba y en lugar de encontrarme con fulanito de copas había quedado con el señor Director. El colega había abandonado su YO para convertirse en el Director y por tanto, su labor era dirigir. El cargo le había suplantado la personalidad y le gustaba. El asunto en cuestión no tenía nada que ver con lo que este buen señor tuviera a bien dirigir pero el hombre se empeñaba en hacerlo siendo su forma verbal favorita el imperativo. Cuando te encuentras con uno de estos caballeros se suceden varios estados poco a poco. Lo primero que aparece es asombro, seguido de perplejidad para luego dudar entre si lo mandas a tomar por donde la espalda pierde su honroso nombre o te ríes en su cara e igualmente lo mandas a tomar por culo.

Hay un momento diario que siempre he valorado mucho: el ratito que precede al instante en que nos estamos quedando dormidos. Se convierte en un repaso a veces inconsciente a lo hecho durante el día, a los planes para mañana... Un momento de reencuentro con lo más profundo de nosotros mismos. Nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras alegrías y nuestras miserias. Si el estado mental en que nos situamos en ese momento se repitiera varias veces al día las cosas cambiarían y nos relacionaríamos de forma distinta con nuestro entorno. Se darían con menos frecuencia ciertas posturas alienantes que dificultan el entendimiento. El señor director se reencontraría con el tipo que se estaba duchando esa mañana y podríamos decir con más frecuencia encantado de conocerle.

José Manuel Velasco