viernes, 4 de noviembre de 2011

Dicen que la distancia es el olvido.


Dice la copla que la distancia es el olvido. Probablemente la distancia que, pasada la campaña electoral, separa a los ciudadanos de sus representantes propicie la ruptura del romance establecido durante los quince días de ligoteo previos a las elecciones.
Ese distanciamiento que se produce con los electores, se hace también patente entre los gobernantes y sus propias bases, haciendo más difícil aún obtener la credibilidad y confianza que demandan.
Acabamos de entrar en periodo de cortejos. Sin complejos y sin ruborizarse lo más mínimo algunos, preparan sus mejores galas y calientan motores para iniciar una etapa más en su carrera como si de la vuelta ciclista se tratara. Si penosa resulta la campaña por la cantidad de idioteces que se vierten desde todos los bandos, más penoso aún resulta este momento previo, en el que se trata de recuperar el tiempo perdido durante los últimos cuatro años, procurando recomponer un mensaje y rehacer una estructura que se empeñarán en mostrarnos como agrupación cohesionada y feliz.

En política, como en casi todos los órdenes de la vida, uno tiene el valor que le dan los demás y eso hay que ganárselo. El problema, afortunadamente para algunos, es que el baremo para establecer esos valores no está claro ni se aplica uniformemente. Otro gallo cantaría si tuviéramos un poquito de memoria y les recordáramos a los candidatos las promesas incumplidas en anteriores intentos de llevarnos al huerto. O lo abandonados que nos hemos sentido viéndolos venderse a los mejores postores obviando las demandas y peticiones que el pueblo les hacía.

Yo echo en falta a unos candidatos que no nos tomen por tontos, que se dejen de mensajes ambiguos y demagógicos para exponer claramente sus intenciones y también sus limitaciones. Candidatos que una vez en el poder no guarden el programa en el cajón sino que lo mantengan encima de la mesa y en el tablón de anuncios para ir tachando los pasos dados.
Y la jornada de reflexión, que se la ahorren. ¿O es que acaso no hemos tenido tiempo de reflexionar desde las últimas elecciones?
                                                                                


José Manuel Velasco Bueno.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Nos van a saturar... hasta donde nos dejemos.

“Es frecuente hablar y escribir de modo rutinario, sin tener cosas que decir, ni buen gusto, ni conocer el valor de las palabras, cuando no para embaucar, ...
...en vez de hablar y escribir únicamente para informar, educar, instruir y deleitar”.
Farreras P. Med Clin (Barc) 1943; 3: 213-215.


viernes, 24 de junio de 2011

ENCANTADO DE CONOCERLE

Creo que no me resulta muy difícil escuchar, e incluso admitir ciertas cosas con las que estoy en total desacuerdo, cuando se expresan de una forma razonable. Llevo peor la prepotencia. Me agobian especialmente los chulos que se montan en su pedestal artificial, se instalan ahí arriba y no se bajan ni para cumplir con Roca.

Que uno sea tonto y decida salir del armario me parece muy bien pero que trate de hacerse el listo y de dejar al resto como inútiles me da cien patadas. Imagino que habrá algún componente genético que predisponga a adoptar ese tipo de conducta y basta con un pequeño empujoncito circunstancial de los que la vida aporta para configurar a lo que podríamos llamar "perfecto mamón".

Los que adquieren tan preciada consideración suelen ejercer de forma constante, o al menos en determinadas parcelas donde sienten tener poder. Peor aún, es cuando fuera de esos ámbitos siguen con su rol.

No hace mucho tiempo que en este mismo espacio escribía sobre lo poco o lo mal que protestamos, lo frecuentemente que agachamos la cabeza convirtiéndonos en dóciles borreguitos y asumiendo lo que nos presenten sin estar convencidos. Después, suele pasarse mal y es entonces cuando nos protestamos a nosotros mismos por habernos callado anteriormente ante el gallito que acaba de cacarear.

Hay épocas en que uno tiene la desdicha de toparse con especimenes tocados por la mano celestial de forma más frecuente de lo habitual. El otro día conocí a uno. Quedamos por un asunto que no viene al cuento, y nada más verlo me dio el tufillo. Repeinao, camisa de cuello durito, vaqueros con raya ... y lo más característico; aire de superioridad en el lenguaje verborreico y despectivo que usan. Antes de despedirnos me pasó una tarjeta en la que se veía bien clarito debajo de su nombre la palabra Director.

Definitivamente, yo me equivocaba y en lugar de encontrarme con fulanito de copas había quedado con el señor Director. El colega había abandonado su YO para convertirse en el Director y por tanto, su labor era dirigir. El cargo le había suplantado la personalidad y le gustaba. El asunto en cuestión no tenía nada que ver con lo que este buen señor tuviera a bien dirigir pero el hombre se empeñaba en hacerlo siendo su forma verbal favorita el imperativo. Cuando te encuentras con uno de estos caballeros se suceden varios estados poco a poco. Lo primero que aparece es asombro, seguido de perplejidad para luego dudar entre si lo mandas a tomar por donde la espalda pierde su honroso nombre o te ríes en su cara e igualmente lo mandas a tomar por culo.

Hay un momento diario que siempre he valorado mucho: el ratito que precede al instante en que nos estamos quedando dormidos. Se convierte en un repaso a veces inconsciente a lo hecho durante el día, a los planes para mañana... Un momento de reencuentro con lo más profundo de nosotros mismos. Nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras alegrías y nuestras miserias. Si el estado mental en que nos situamos en ese momento se repitiera varias veces al día las cosas cambiarían y nos relacionaríamos de forma distinta con nuestro entorno. Se darían con menos frecuencia ciertas posturas alienantes que dificultan el entendimiento. El señor director se reencontraría con el tipo que se estaba duchando esa mañana y podríamos decir con más frecuencia encantado de conocerle.

José Manuel Velasco

martes, 19 de abril de 2011

Dice una voz popular...

Dice una voz popular, ¿Quien me presta una escalera para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno... ?
A saber lo que diría el Nazareno si realmente alguien le quitara los clavos y pudiese apreciar por si mismo en lo que se ha convertido su entierro.

Todos los fenómenos analizados con detenimiento tienen matices que escapan de la razón. Lo que pasa es que no siempre es apetecible que se produzca ese análisis.
La sociología vista desde fuera parece una ciencia abstracta y desligada del día a día. La sociología aplicada a la realidad nos haría ser mucho más conscientes de nuestras miserias y más responsables de nuestros actos por lo que quizás no estaríamos dispuestos a tanto.

En esta época del año se suceden distintos periodos que bien merecerían un buen analista. Llega la primavera, que el cuerpo altera, y con ella aparece un ansia de fiesta, vacaciones, etc., que obliga a celebrar todo tipo de cosas.
Por razones históricas pero coincidentes con este periodo, la semana santa no puede escaparse de ese aire lúdico festivo propio del momento. Independientemente de que esta manifestación religiosa aguantara, por si mismo, algún tipo de análisis, que teóricamente debería hacerse desde el punto de vista de la teología, se han ido añadiendo matices que, cuando menos, hacen necesaria una reflexión.

Hace unos años una ex_ Ministra de Sanidad, otra a analizar, se convierte en pregonera de la semana santa malagueña. Ella, se sentía muy contenta por ser la primera mujer a quien se daba la oportunidad de ocupar tan ilustre privilegio. Cuando una avezada periodista le preguntó cómo se compaginaba eso con su declarado agnosticismo la respuesta es que la vida personal y las creencias de cada uno constituyen parte de la intimidad de cada cual y por tanto se niega a hablar del tema. Muy respetable su segunda apreciación señora ex ministra.

En Sevilla, Don Curro Romero, mataor de prestigio ya retirado el hombre, esperaba emocionado, con lagrimas en los ojos, para ver como sale del templo su virgen favorita estrenando nuevo manto elaborado con uno de sus trajes de luces más preciados.

Los bomberos de Nueva York que estaban de gala por Europa, procesionan otro trono sumándose a una celebración popular de un pueblo que hasta hace poco creían que estaba debajo de México.

El alcalde de Málaga (he dicho bien el alcalde, no el obispo) interviene en un programa líder de audiencia de la mañana radiofónica para exhibir las ventajas de la semana santa malagueña con respecto a otras porque claro “la Costa del Sol tiene un caché”.

Los periódicos añaden suplementos con publicidad abundante donde se explican con detalle pero con un lenguaje un tanto enrevesado los por menores de la festividad.

Algunos canales televisivos se convierten en casi monográficos y extremadamente detallistas a la hora de retransmitir cada minuto de la pasión popular.

La cabra de los novios de la muerte bien merecería capítulo aparte.

Y esta pasión crece y crece sin cesar pues se unen a ella los condimentos necesarios para hacer un buen cocktail de emoción y espectáculo. Se da el caldo de cultivo propicio para que todos aquellos personajes ávidos de emoción y cansados de celebraciones aburridas necesiten algo más y se sientan defraudados por no tener pregoneros, ni ministras ni bomberos...

Ya se quedan cortas las sensaciones que provoca una saeta en la puerta de Gonzalo, el olor a cera e incienso o la callada emoción de unas mujeres descalzas con velas en las manos siguiendo a unas imágenes en procesión.

Todo esto sin adornos ya tiene un trago, cuanto más con ellos.

En Torrox, aún conservamos una celebración modesta aunque no menos emocionante. Mejor dicho coexisten varias celebraciones. Al igual que varias intenciones. Por un lado, los que intentan unirse al carro de la modernidad (por aquello de que lo que está de moda es hacer la fiesta lo más aparente posible), o todo o nada; y los que tratan de vivirlo desde otra perspectiva no menos pretenciosa pero sí menos ruidosa.

Puedo leer, en este momento, en un documento usado por los grupos parroquiales de Torrox para la celebración de la semana santa 2002, una frase que se encuentra bajo dos crucifijos distintos en la que dice. “Ningún crucificado tiene interés turístico, pero sí dignidad humana”. En ese mismo documento se recoge una oración como el Padre Nuestro, por todos conocido, con algunas adaptaciones. Después de decir el sacerdote: “...en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día...” Se añade luego otra frase para el resto de los asistentes que dice: “...pero dáselo sobre todo a los que no lo tienen, a los hijos que mueren de hambre, y a los padres que no tienen ni fuerza ni trabajo para ganárselo. Da a todos el pan de la cultura, el pan de la paz...” y continúa...

Pero esto no sale en la tele, ni en la radio... Y sale en “La Prensa” porque alguien que está cansado de escuchar tonterías tiene amigos que, independientemente de las creencias particulares de cada cual, como dice la ministra, están dispuestos a analizar lo que ocurre a su alrededor desde la profundidad que haga falta sin necesidad de coincidir, ni de micros, ni de radio, ni de alcaldes al lado, ni autoridades de escolta, ni bomberos norteamericanos.

“...No puedo cantar ni quiero, a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar...”

jueves, 14 de abril de 2011

El talante de los cajeros con chaqueta, corbata y gomina.

Desde hace ya algunos años en que Zapatero sacara del cajón la palabra “talante”, dicho término se ha investido de poderes sorprendentes. Si al igual que se miden las audiencias de televisiones y radios, hubiera posibilidad de medir el número de veces que se ha usado la palabra “talante” desde el 2004, creo que podríamos observar una gran revalorización del término. La palabrita en cuestión provoca efectos desconocidos hasta la fecha de forma que algunos la han incorporado a su lenguaje habitual y otros la detestan encasillando a los que la emplean.

Les cuento: no es que yo tenga nada en contra de las chaquetas y las corbatas pero coincidirán conmigo en que esas dos prendas combinadas con un poquito de gomina en el pelo y un silloncito tras una mesa, en determinados momentos, provocan una metamorfosis en la personalidad de los portadores de dicho atuendo.

Les pongo un ejemplo. Me disponía yo el otro día a realizar un pago de un recibo que no viene al cuento en la oficina de Unicaja más cercana que tampoco viene al cuento. Tras una corta espera, llega mi turno y tras explicar mi intención, mi gozo en un pozo, me dice el señor de la corbata que hoy es viernes y son las once de la mañana. Vuelva usted el martes y más tempranito, entre las ocho treinta y las diez y media. Perplejo, miro a uno y otro lado constatando que entre el otro colega del engominao y yo, sumábamos tres. O sea, que estábamos solitos, casi en familia y no veía yo motivo alguno por el que tener que posponer a otro día, que a mi no me hacía ninguna gracia, una operación que, por mucho que se complicara, no duraría más de dos minutos. Cuando pregunto el por qué de esa imposibilidad, me explican que hay una norma establecida que figura en una normativa interna y que las normas no se hacen por gusto sino para cumplirlas. Sin entender aún y sin compartir aún menos, eso del obligado cumplimiento de normas absurdas me dispongo a usar mi condición de cliente que pensaba yo que siempre tenía la razón. Ejerzo como tal y solicito, relleno y presento la pertinente hoja de reclamaciones provocando un enaltecimiento del susodicho cajero y un deseo irrefrenable de ejercer aún más de Señor con chaqueta, corbata y gomina. Fue entonces cuando, creo que equivocadamente, saqué a la palestra la palabra “talante”, sin pensar, necio de mí, que la combinación de los elementos mencionados con la palabreja del año pudiera provocar reacciones tan desproporcionadas.

Desde entonces, me he propuesto usar con más precaución la palabra “talante” y a los cajeros engominados, enchaquetados, encorbatados y agilipollados, mandarlos directamente y sin más miramientos a tomar por donde la espalda pierde su honroso nombre.

José Manuel Velasco Bueno.

domingo, 27 de marzo de 2011

Desconfiados.

Nunca he considerado las gasolineras como lugares ideales para nada, salvo para apreciar con sorpresa una y otra vez lo fácil que resulta quemar el dinero. Como las monedas no arden, las cambiamos por combustible en un trueque en el que siempre salimos perdiendo.


Las gasolineras ya no son lo que eran ni por precios ni por nada. Cada vez, se van pareciendo más a estaciones espaciales ultramodernas e impersonales. Los gasolineros de antes –especie en extinción- que mientras te echaban el chorrito te contaban la noticia del día, han pasado a estar detrás de un altavoz.
El otro día, de pronto uno me dió un susto: descuelgo la manguera y una voz femenina, calida y sensual me dice “ha elegido usted patatín patatán”. De pronto, otra voz más ruda y autoritaria añade “Caballero, tiene que pasar por caja antes de repostar”. Comprobé que el fulano que se encontraba al fondo en su refugio tras la mampara de cristal, ejerciendo su parcelita de poder, me miraba como diciendo: “´ésto es lo que hay rapidillo, que eres tú muy rapidillo”. Al colgar la chica añadió “gracias por repostar con nosotros, le deseamos un feliz viaje”. Me entraron ganas de contestarle que todavía no había empezado.
Me voy para el muchacho, le explico que tenía la intención de llenar el depósito y que por tanto, no podía precisarle cuanto quería echar. A través del intercomunicador, la voz metálica me vuelve a contestar en tono conminatorio, “caballero, para eso me tiene que dejar su tarjeta o un depósito en metálico”. Me eché mano a la cartera para cumplir con mi obligación como “caballero” mientras pensaba que en realidad el capullo este, que no era más que un mandao del capullo de su jefe, no se fiaba de mí. No es que tenga que exigir que nadie lo haga, pero por qué me tenía yo que fiar de él.
Le dí las buenas noches y por no mandarlo a paseo, me lo di yo hasta la próxima gasolinera donde, sin ningún problema, reposté lo que necesité y pagué tras decirle “de nada” a la chica enlatada.
Imagínese usted que va a cenar a un restaurante y el camarero le dice: Págueme antes o déjeme un depósito. O que va al supermercado y le endosan la cuenta antes de hacer la compra de la semana.
Mire usted señor gasolinero, présteme un servicio y cóbreme lo que quiera, pero no me pida que me fíe de quien manifiestamente desconfía de mí.
Mire usted, si ese día la gasolinera Repsol de Algarrobo no hubiera hecho nada de caja porque todos los “clientes sospechosos” se hubieran ido a la siguiente en Benagalbón como hice yo, usted tendría que joderse y no tendría más remedio que ser más confiado, cuidar a los clientes que en definitiva son los que le dan de comer o cerrar el chiringuito.
Mientras tanto, no estaría mal que alguna asociación de consumidores hiciera uno de esos estudios que establecen ranking de todo, asegurándole un lugar privilegiado en el de gasolineros desconfiados.
José Manuel Velasco.

domingo, 9 de enero de 2011

Ella

El desayuno es una de las comidas más importantes según cuentan los expertos. A mí me resulta de las más agradables. Por motivos que no vienen al caso, con frecuencia suelo hacerlo fuera de casa y compartirlo con algunos compañeros. Alrededor, otros ojos pegados cobran fuerzas para abrirse y emprender diferentes actividades. Caras de sueño que se incorporan tras el paréntesis nocturno a los asuntos pendientes del día anterior. Los bares por la mañana tienen su olor peculiar, sus ruidos particulares y sus gentes.


Ella siempre entra sola. Unos setenta años que podrían ser sesenta y cinco. Pelo corto y blanco. Cara expresiva y curtida, con apariencia de haber vivido muchas cosas, no se si buenas o malas. Monedero de veinticinco por diez bajo la axila y algún billete enrollado en su mano derecha. No saluda aunque es la más habitual de los clientes. Mira de soslayo a su alrededor mientras parece hacer cuentas rápidas. Tras breves preparativos iniciales, de posicionamiento, comienza su rutina matutina. El camarero conoce sus hábitos y por tanto, tampoco necesita cruzar palabra para atender sus pretensiones inmediatas y devolverle las diez o veinte monedas que se corresponden con el billete que ella le entrega. No solemos compartir mas de quince o veinte minutos pero es tiempo suficiente para apreciar que no es feliz, o que al menos no lo aparenta. La tranquilidad inicial que la acompaña se acentúa aún más cuando introduce la primera moneda y se va convirtiendo en nerviosismo e inquietud conforme transcurren los minutos. Cada cierto tiempo, una mirada nerviosa al televisor colgado en la esquina que le queda a la izquierda, la conectan unos segundos con la realidad en la que se encuentra. Pero le basta girar la cabeza, de nuevo a la derecha, para regresar a su abducción. Concentración nerviosa. Ansiedad creciente mientras se desplaza de nuevo a la barra para, con un gesto, mostrarle otra vez al camarero sus deseos, especialmente interesada en que nadie ocupe el sitio que momentáneamente ha abandonado. El camarero responde a sus pretensiones con facilidad aunque con gesto incomodo, insatisfecho, dudoso de si se corresponden sus actos con lo que desearía.

Ella vuelve a su duelo particular. A mover las manos con las mismas secuencias, y los pies inquietos y la cabeza, y a fruncir el ceño sobre los ojos casi llorosos cuando la maquinita se para, suelta un incómodo ruido y le refleja unas luces estridentes que la invitan a que eche las tres últimas monedas que había reservado para unas barras de pan. En un último barrido al tendido con mirada desesperada ya, maldice por dentro su suerte y se retira de esa puta caja luminosa y ruidosa que cada mañana la atrae hasta una rutina frustrante.

Agachando la cabeza, se marcha sin despedirse y se camufla entre el resto de transeúntes que acaban de desayunar.

José Manuel Velasco.

viernes, 7 de enero de 2011

Recuerdos

Han acabado las fiestas.
Como quien no quiere la cosa hemos cambiado de año... Aunque quizás no haya cambiado nada realmente. Seguro que no ha cambiado nada, ¿en que ha cambiado tu vida desde hace dos semanas? Tienes el mismo trabajo, la misma casa, la misma familia, los mismos amigos...Probablemente algún kilo de más.

Con cambios o sin ellos, cada día que pasa nos va dejando alguna huella, algún recuerdo.

Recordaba con un amigo como marcan algunas cosas. Quizás este tiempo que acabamos de pasar tenga una especial facilidad para dejar recuerdos, probablemente porque con eso del espíritu navideño, todo se maximice, hasta los recuerdos.

Hablaba yo con mi amigo y recordaba los Reyes que le regalaron un Exín Castillo, como lo encontró montado por su hermano cuando se levantó por la mañana y como lo aprovechó durante los días siguientes y los años siguientes. Antes los juguetes duraban años.

Un juguete podía convertirse en el centro de nuestras vidas durante una temporada. Digo un juguete porque normalmente era uno solo el que se recibía, parecía como si no hubiese abuelos ni tíos ni Papa Noel ni Santa Claus. Había un juguete que como en el caso de mi amigo se convirtió en un recuerdo.

¿Se convertirán los juguetes de hoy en un recuerdo o se difuminarán con los otros 15 o 20 que reciben? Yo creo que mis hijas no son capaces de nombrar los que han recibido en apenas diez días. Yo tampoco.

Mi amigo me comentaba algún recuerdo más. Él se bañaba los sábados porque en su casa no había ducha ni bañera, ni grifos... Tenía que bajar a por el agua a un patio y luego calentarla en ollas, y después del baño, en un lebrillo de hojalata, tenía que limpiar el agua que caía fuera; así que bañarse constituía todo un engorro, y no solo eso si no que había que disponer de tiempo suficiente y por eso los sabados aprovechaba que no había que levantarse temprano al día siguiente para escuchando de fondo Informe Semanal darse su baño semanal.

Lo del Exín Castillo me lo ha contado unas cuantas veces, lo del baño también.

Lo bueno es que este amigo tiene recuerdos y puede contarlos. Unos buenos y otros no tanto.

Dentro de algunos años otros niños de hoy contarán sus recuerdos. Algunos contarán como recuerdan el año en que recibieron la video consola, con el escalextric, con el no seque del universo y con el fantástico héroe del desierto además del walkman sumergible y la pistolita inoxidable que lanza pelotitas fluorescentes sin olvidar el patinete con el que se partió el labio. Y ¿fueron esos reyes los que le trajeron el proyector de disney que descubrió tres meses más tarde en el altillo del armario?

Otros recordarán cuando le trajeron su castillo que ni era Exín, ni era siquiera un castillo.

Otros se acordarán del baño de la noche de reyes en el baño de zinc.

Otros ni se acordarán de eso porque tendrán recuerdos peores.

Otros no llegarán ni a poder contar nada porque se les acabó el cuento...

viernes, 24 de diciembre de 2010

Todo es mentira.

Todo es mentira.
Ese es el nombre de una película del noventa y cuatro o noventa y cinco, en la que un joven Coque Malla interpretaba al joven Pablito. Ayer la vi de nuevo y me reí como entonces, de la peli y de lo que irónicamente analiza.
Pablito era un niño bueno cansado de serlo y de parecerlo, con las consiguientes limitaciones que esa apariencia le acarreaba para los asuntos de la carne y el placer. En ocasiones, se planteaba convertirse en un completo malvado para así conseguir adaptarse a su entorno. Cuando se le nublaba el presente, dimitía y ponía rumbo a Cuenca donde, según creía, encontraría su propio paraíso personal. Como moraleja, podríamos extraer que la verdad que nos rodea es el resumen de las mentiras que vivimos y nos creemos. En los momentos en que despertamos y nos damos de bruces con ellas, tratamos de reservar billete para Cuenca, unos, o para otros destinos más inciertos, otros.
Los seres humanos mentimos con la lengua y con el rostro, por exageración o por omisión, de forma explícita o sutil, al disimular los sentimientos y al contar nuestra vida. Como decía Mark Twain, “todo el mundo miente… cada día, cada hora, despiertos o durmiendo, en los sueños, en las alegrías y en las penas. Si alguien se sujetase la lengua con las manos, sus pies, sus ojos, su cuerpo seguirán expresando engaño”. La mentira forma parte de las relaciones humanas, tanto en la amistad o en las relaciones afectivas como en la política o en el comercio. Hay estudios que indican que mentimos sin cesar y aparentemente sin necesidad, con conocidos y con desconocidos.
Una de las claves biológicas de la mentira la ha aportado el estudio del cerebro de los mentirosos patológicos. Un trabajo publicado en The British Journal of Psychiatry y realizado con personas que habitualmente mienten, estafan y manipulan a los demás ha mostrado que presentan diferencias estructurales en su corteza cerebral prefrontal. Los mentirosos patológicos tienen más sustancia blanca y menos sustancia gris en esta área del cerebro relacionada con el comportamiento moral y los remordimientos.
Lo cierto es que vivimos rodeados de mentiras, y de mentirosos y mentirosas por cierto. Lo peor, es que llega un momento en que no somos capaces de diferenciar lo cierto de lo que no lo es, lo verdadero de lo engañoso, la certeza de la incertidumbre que a fuerza de reiterarse acaba pareciendo real.
Pero uno de los mayores escollos es que el engaño viene a menudo de la mano del autoengaño.
Así las cosas, distinguir la verdad de la mentira se antoja en algunos casos una tarea casi imposible, como imposible nos resultará discernir si la felicidad que nos invadirá en los próximos días no será parte de otra mentira.
En cualquier caso, FELICIDADES.


José Manuel Velasco.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Los latidos... que terriblemente absurdo es...



Con lo fácil que es acercarse, por qué hay quien se empeña en distanciarse, apartarse, diferenciarse, peeerderse? Me gusta sentir tu latido, tus latidos.

Que poco rato dura la vida eterna...


Librarse de los tontos no es fácil aunque nos sobran los motivos.

Proteste usted hombre, proteste...

Decía el filósofo que el inconformismo es el que hace avanzar al mundo.
Es probable, pero cuando no se expresa y solo remueve nuestros adentros, solo puede, si acaso, hacernos avanzar a cada uno de nosotros(que no es poco).
El inconformismo explícito se convierte en protesta y eso ya tiene otros matices.
Protestamos poquito, o al menos, de una forma efectiva (por lo bajini sí que somos especialistas).
Somos protestones cotillas, o cotillas sin más. Nos falta valor para afrontar las cosas que NO nos gustan ( y las que SI nos gustan también), planteárnoslas en serio y mostrarlas a la galería.
Tampoco hay que pasarse, los hay que no hacen otra cosa y le sacan pegas a todo sin aportar la más mínima solución, calentándose de forma constante y calentando al que se le ponga por delante (en el sentido menos placentero del asunto). Estos desacreditan el poder de una buena protesta.
Y es que yo creo que en esto de protestar, las maneras dicen mucho. Te pueden dejar como un señor o convertirte en un verdadero gilipollas.
Hace tiempo escuchaba una entrevista a Albert Boadella (protestón artístico donde los haya) en la cual decía el hombre, que la gente cada vez tiene la piel más dura y son menos las cosas que la atraviesan.

Protestamos poco señores y además mal. O mejor dicho, protestamos mucho pero de mala manera y poco de forma adecuada.
La protesta individual se queda la mayoría de las veces en pataleta que no nos lleva a nada. A nada más, que a aumentar el mosqueo producido por el motivo original de nuestro descontento junto a la impotencia de que no se resuelva. Infravaloramos el poder de las hojas de reclamaciones y los efectos que pueden provocar, al menos en el careto del calvente objeto de nuestra rabieta.

Cuando la protesta es colectiva nos ponemos un poco más gallitos. Pero aún en esos menesteres nos faltan formas y a veces conocimiento del fondo. En general suele ponerse más énfasis en la protesta que en los motivos que la originan.
También están los especialistas en quitarle hierro a las mismas de manera que tratan de convertir las más justas reivindicaciones en caprichos de grupúsculos inconformistas, acusando a los incitadores de “pepitos grillo” con falta de perspectiva general, de responsabilidad, egoístas... Se relativiza todo hasta el nivel de lo absurdo. Y claro, si nos ponemos a relativizar, todo se acaba justificando. Cuando las justificaciones no convencen siempre queda un buen decreto, urgente e inapelable.
Y en esos momentos, en los que la protesta debería ser aún mas airada, es cuando nos bajamos los pantalones y nos ponemos mirando a Gibraltar.

Aquellos ex de Sintel deberían poner una academia y formar “Master en protestas”.
Pasó el 29S (parece el lugar donde dejaste el coche en el parking del hiper) y como saben, hubo huelga general contra algo que ya está impuesto. Después de este día probablemente importe poco el qué se haya cambiado. Lo importante habrá sido la protesta y esta ya acabó independientemente de su fruto. La valoración seguirá siendo desigual y dependiendo de quién contara a los huelguistas el seguimiento habrá sido magnífico o testimonial. El 30, todo seguía igual, en la cumbre europea seguirán negando la entrada a los que no lleven corbata y chaqueta, así que a protestar.

Puede que todo esto sea consecuencia de nuestra propia historia que ha sabido hacernos fieles acatadores de lo establecido, debiendo entonces admitir que cohabiten los oprimidos por “lo que debe ser” con los que sacan tajada del pastel. O puede que no, que los que se sienten castigados (caprichosamente o no), le den una patada un día a la mesa y acaben poniendo hacia la todavía colonia británica hasta al amable defensor del pueblo andaluz.
Después se pierden las formas, claro, la gente se caldea y el capullo del Bin Laden se monta su película en el ombligo del mundo, los palestinos se atan bombitas a su propio body para llevarse a unos cuantos compañeros en su último viaje..., el niñato universitario de Kansas se lía a tiros con sus compis protestando porque su profe no le aprueba la historia. El marido mosqueado le pega cuatro tiros a “su” mujer porque no le gusta el estofao, y protestamos porque el mundo está mu mal y porque vaya ejemplo que le vamos a dejar a nuestros niños...

Y seguimos protestando, porque los servicios mínimos son mayores que los “normales”, porque nos quitan el “per” “por” la cara, porque los moritos que vienen de vacaciones a Spain no tienen buena pinta, porque los obispos no se callan ni aunque les pongan clases de religión obligatoria en los colegios láicos, porque no se ponen medios para que una ley educativa funcione cuando ésta se cambia, porque hay que ver que protestones son los que protestan, porque me rompo los cuernos trabajando y no llego a fin de mes, porque mi vecina no paga la comunidad, no se puede arreglar la antena colectiva y no puedo ver el partido del mundial...

Proteste usted hombre, proteste.


José Manuel Velasco.
(Protestón aficcionado. vease: Problema con MAPFRE )

Si no crees que cada día es un buen día, prueba a perderte uno...

domingo, 7 de noviembre de 2010

En los sentimientos que se quedan sueños que perduran...

Empezar de nuevo sin destino y sin tener un camino cierto que, me enseñe a no perder la fe...





en los sentimientos que se quedan sueños que perduran...

Solo olvidan los bobos que reescriben la historia para borrarlo todo...

¿Como voy a olvidarme de sueños imposibles, de tantos invisibles y de tantas victorias...?



Olvidar es de necios que desaprovechan su experiencia.

Como voy a olvidarme de los años vividos, no se acaba el camino y aún estamos vivos...

Siempre evité ser un súbdito de los laureles...porque vivir era un vértigo y no una carrera

Cierto que no prescindí de ningún laberinto que amenazara con un callejón sin salida...



Me va la vida en ello...